No sé exactamente en qué momento decidí ser psicóloga.
A veces pienso que, de alguna manera, la decisión estaba tomada mucho antes que yo.
Había algo en mí que siempre quería saber qué le pasaba al otro. Escuchar. Entender. Quedarme un ratito más cuando alguien no estaba bien. Con los años eso tuvo un nombre, después una carrera, un título, un consultorio, muchas horas de estudio y una profesión.
Pero para mí nunca fue solamente eso.
Creo profundamente que Dios puso en mi corazón esta misión y que yo, con el tiempo, la fui convirtiendo en vocación.
Ser psicóloga terminó siendo mi manera de habitar mi paso por este mundo.
Y después llegaron ellos.
Las personas que se sentaron enfrente mío y me confiaron partes de su vidas que muchas veces no habían podido contar en ningún otro lugar.
Historias difíciles. Miedos. Pérdidas. Culpa. Enojos. Vínculos que dolían. Decisiones que parecían imposibles. Pero también risas, alivios, descubrimientos, pequeños cambios y logros que desde afuera quizá no significaban demasiado y que, dentro del consultorio, sabíamos todo lo que habían costado.
Hay sesiones que terminan cuando se cierra la puerta.
Y hay otras que se vienen conmigo un rato.
Me hacen pensar, estudiar, supervisar, revisar lo que dije y también lo que no dije. Me recuerdan permanentemente la enorme responsabilidad que significa que alguien confíe en mí cuando está atravesando alguno de los momentos más frágiles de su vida.
Después de tantos años, eso todavía me conmueve.
Porque detrás de cada “paciente” hay una persona. Una vida entera que existía antes de entrar a mi consultorio y que seguirá existiendo mucho después de salir de él.
Algunas personas permanecen durante años. Otras llegan para atravesar un momento puntual. Algunas se van con una última sesión y un abrazo. Otras simplemente un día dejan de venir.
Y también aprendí que ser psicóloga es eso: acompañar un tramo.
No toda la vida.
Aceptar que muchas veces no voy a saber cómo siguió una historia. Si aquel miedo finalmente se hizo más pequeño. Si esa persona pudo poner el límite que tanto le costaba. Si volvió a confiar. Si se animó. Si está un poco mejor.
A veces me pregunto por ellos.
Y me gusta pensar que en algún lugar de su camino quedó algo de lo que construimos juntos. Una pregunta. Una conversación. Una herramienta. Una forma diferente de mirarse. Tal vez una frase que alguna vez dijimos en ese consultorio y que apareció justo cuando la necesitaban.
Pero hay algo más que esta profesión me enseñó y que cuando empecé no sabía:
yo tampoco salgo igual de cada encuentro.
Mis pacientes me enseñaron muchísimo.
Me enseñaron que no siempre hay que encontrar rápidamente las palabras. Que a veces acompañar es preguntar y otras veces es quedarse en silencio. Que detrás de algunas conductas incomprensibles suele haber una historia que todavía no conocemos. Que los procesos no son lineales. Que las personas pueden volver a intentarlo muchas veces. Y que hay cambios enormes que empiezan siendo movimientos casi imperceptibles.
También me enseñaron sobre humildad.
Porque ningún libro alcanza para explicar completamente una vida.
Por eso sigo estudiando. Me formo, superviso, leo, pregunto y muchas veces vuelvo a casa pensando cómo podría haber acompañado mejor.
No porque crea que una psicóloga tiene que tener todas las respuestas.
Todo lo contrario.
Porque cuanto más tiempo llevo haciendo esto, más consciente soy del cuidado que merece sentarse frente a alguien que decidió confiarme su historia.
Hoy, en el Día del Psicólogo, miro hacia atrás y siento una gratitud enorme.
Por la nena que alguna vez imaginó que de grande quería dedicarse a ayudar a otros.
Por la mujer que después trabajó muchísimo para poder hacerlo.
Por cada colega y maestro que me enseñó.
Y, especialmente, por cada persona que alguna vez se sentó frente a mí y me permitió entrar, aunque fuera por un rato, en su mundo.
A los que están.
A los que estuvieron.
A los que volvieron.
Y también a aquellos de los que quizá nunca vuelva a saber nada.
Gracias.
Por confiar.
Por animarse.
Por dejarme acompañar una parte de sus vidas.
Dios puso esta misión en mi corazón.
Yo hice de ella mi profesión.
Y después de todos estos años, sigo sintiendo que no hubiera querido otra manera de pasar por este mundo.
Feliz día para mí, y para todos los colegas que hacen de esta profesión un trabajo profundamente humano.