18 de Octubre — Día de la Madre

Ser mamá: todo lo que no sabía cuando soñaba con serlo

Sobre la maternidad que imaginamos, la que vivimos y todo lo que aprendemos en el camino.

Jugué a las muñecas hasta los 14 años. Y no me avergüenza decirlo.

Amaba jugar a ser mamá. Cuidar bebés, pasearlos, hacerlos dormir. Quienes me conocen desde chica saben que siempre fui de pedir bebés prestados. Los visitaba, los cuidaba, los llevaba a mi casa, buscaba cualquier excusa para tener uno a upa.

Siempre supe que quería ser mamá. Nunca lo dudé.

Lo que no sabía era todo lo que esa palabra guardaba adentro.

La vida me hizo buscar y esperar dos años para conocer a mi primera hija. Dos años de ansias, ilusiones y una espera que, por momentos, parecía interminable.

Hasta que llegó Paulina. La que me convirtió en mamá por primera vez. Con una llegada caótica, bastante distinta de la que había imaginado.

Y entonces entendí que una cosa era soñar con cuidar bebés y otra muy distinta era descubrir lo que significaba ser el sostén de otra vida.

Porque la maternidad transforma. No solamente nuestros días, nuestros horarios o nuestras prioridades. Transforma nuestra manera de mirar el mundo, de comprender el amor y de entender el tiempo.

De pronto, alguien necesita de nuestra presencia, de nuestras respuestas, de nuestra capacidad de sostener, incluso cuando también necesitamos que nos sostengan.

Y hay algo de ese sostén que pocas veces se ve.

Nadie aplaude las noches sin dormir, las preocupaciones silenciosas, las veces que anticipamos una necesidad, que organizamos, que escuchamos, que estamos. Muchas veces, aquello que una madre hace se vuelve invisible precisamente porque funciona.

Detrás de tantas cosas que parecen suceder solas, hay alguien que las hizo posibles.

Pero la maternidad no es solamente entrega. También es contradicción, en estado puro.

Es querer protegerlos de todo y comprender que habrá dolores que no podremos evitarles. Es aprender a acompañar dos pasos al costado, con la mirada atenta y los brazos disponibles.

Es buscar paciencia cuando el cansancio nos supera. Es intentar no transmitir nuestros miedos, nuestras inseguridades, nuestras heridas. Es enfrentarnos a la distancia entre la madre que imaginábamos ser y la que realmente podemos ser.

Y descubrir que, muchas veces, el desafío más grande no está en nuestros hijos, sino en nosotras mismas.

En nuestras reacciones, en nuestros límites, en las expectativas que nos imponemos. En aprender a reconocer nuestros errores, reparar y volver a intentarlo.

Porque maternar también nos lleva de regreso a nuestra propia infancia.

A las palabras que escuchamos, a los gestos que aprendimos, a las historias que nos criaron.

Y empezamos a mirar a nuestras madres de otra manera. Yo me di cuenta lo que mi madre fue como madre, cuando pude experimentarlo.

Comprendemos que antes de ser mamás fueron mujeres. Que tuvieron sueños, miedos, heridas y silencios que quizás nunca conoceremos del todo. Que hicieron lo que pudieron con las herramientas que tenían, aunque no siempre haya sido lo que necesitábamos…

Crecer también es poder sostener esas dos verdades: agradecer lo recibido y reconocer lo que faltó. Comprender sin justificarlo todo. Honrar nuestra historia sin sentirnos obligadas a repetirla.

Porque cada madre también fue hija. Y cada historia de crianza lleva algo de las generaciones que estuvieron antes.

Y en medio de todo eso aparece la ternura.

Las manitos pequeñas. Las carcajadas. Las palabras mal pronunciadas. Esa confianza absoluta con la que nos buscan cuando algo les da miedo.

Hay algo en la ternura de un niño que nos desarma. Nos devuelve a lo simple, nos obliga a salir de nuestras preocupaciones y nos recuerda que, para alguien, nuestros brazos pueden ser el lugar más seguro del mundo.

Y mientras tanto, crecen.

Un día dejan de pedir tanta upa. Empiezan a tener sus propias ideas, sus decisiones, su manera de estar en el mundo.

Y comprendemos una de las paradojas más profundas de la maternidad: dedicamos buena parte de nuestra vida a enseñarles a caminar solos, aun sabiendo que eso significará aprender a soltarlos.

A veces pienso en aquella nena que jugaba a ser mamá.

En todo lo que imaginaba sin saber realmente lo que vendría.

Le diría que no siempre va a ser fácil. Que va a cansarse, a equivocarse, a exigirse demasiado. Que también tendrá que aprender a cuidarse a sí misma.

Pero le contaría, sobre todo, que va a conocer una forma de amor difícil de explicar.

Que muchos de sus recuerdos más valiosos no serán grandes acontecimientos, sino días comunes. Una conversación inesperada, una risa compartida, un abrazo antes de dormir, un «te amo mamá, sos la mejor del mundo».

Hoy, en el Día de la Madre, pienso en mi historia, pero también en todas las mujeres que estuvieron antes. En nuestras madres y abuelas. En las que están, en las que extrañamos, en las que esperan, en las que crían y sostienen de tantas maneras diferentes.

Detrás de cada madre hay una mujer, una historia, algo que recibió, algo que le faltó y mucho que todavía está aprendiendo.

Por eso hoy elijo celebrar la maternidad en toda su complejidad. Sin exigir perfección, sin romantizar el agotamiento y sin olvidar a la mujer que existe detrás de cada mamá.

Porque maternar es una tarea inmensa, a veces difícil, muchas veces invisible, pero también profundamente conmovedora.

Y vuelvo a aquella nena de 14 años.

La que no quería dejar de jugar a las muñecas.

La que soñaba con tener un bebé en brazos.

Todavía no sabía cuánto podía transformarse una vida al convertirse en refugio de otra.

Ni cuánto iba a crecer ella mientras veía crecer a sus hijos.

Y si pudiera volver a elegir mi historia, con todo lo hermoso y todo lo difícil que trajo consigo, hay algo que sé:

Volvería a vivirlo todo, una y mil veces, si al final vuelvo a ser su mamá.

Feliz Día de la Madre. 🤍

Daiana Palomeque – Lic. en Psicología

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